Las diferentes caras de Napa

Los mejores viajes son los variados, aquellos en los que se puede mirar y conocer las distintas facetas de una región, además de interactuar con las personas del lugar, saber cómo viven y qué hacen a diario. Mirar nos lleva a saber. Siempre me gustó el hecho de que “mirar” en griego quiere decir saber. Si podemos observar, ya estamos aprendiendo.
Napa
Esta es la crónica de un diario de viaje. Un diario de viaje dividido en dos partes, con dos personas diferentes como guía, y tres bodegas. Las bodegas del relato fueron elegidas porque condensan diferentes aspectos de lo que ocurre en Napa Valley, Estados Unidos, hoy en día: una bodega ícono y mainstream, una bodega de más de 60 años, levemente oculta, y por último un proyecto familiar nuevo, orgánico e innovador.

Guía Nº 1:
Mi primer viaje a Napa fue organizado por Fernando Buscema, un argentino, director del Departamento de Investigación de la bodega Catena Zapata. Fernando tiene una beca en Davis y vive en esa ciudad junto con su pareja. Ya nos habíamos contactado anteriormente vía Twitter. Alejandro Vigil (enólogo de Catena) nos había conectado por mail para que nos pudiésemos encontrar.
Fernando es un joven muy estudioso, inteligente y organizado, con ganas de aportar al país todos sus conocimientos. Vive en una linda casa en Davis junto con su mujer. Ambos se adaptaron muy bien a la tranquilidad del lugar y, mientras estudian, recorren los alrededores y reciben visitas. Tuvieron la amabilidad de hospedarme. Fernando me llevó a conocer Napa y una de las bodegas ícono del lugar.
Para llegar a Napa tomé el tren desde Berkeley. Tomarse el tren en Estados Unidos es una experiencia singular. Hay gente en la estación que se toma el mismo tren y que pasa tres días viajando. Son claramente miembros de la clase baja americana, que no pueden acceder al avión ya que su costo triplica el del tren.
La estación está llena de gente con miles de bolsos y valijas. El paisaje cambia de nublado, frío y brumoso a soleado y caluroso en media hora. Es impresionante el cambio drástico de temperatura cuando uno se aleja del océano. En la mitad del viaje empieza a hacer calor y se siente el verano, las temperaturas que uno asocia de antemano con California.
Una parada casi obligada en el camino hacia Davis es la ciudad de Sacramento, capital del estado de California, muy atractiva por su mezcla de lo antiguo y lo moderno. Se puede, en efecto, recorrer la parte antigua y sentir que se forma parte de un decorado de alguna película del lejano oeste. Cantinas, cafés, reproducciones de calles de vaqueros y fardos donde los turistas se pueden sentar y ver actuaciones de pobladores que emulan épocas pasadas. Otro punto interesante, por su arquitectura e importancia social y política, es el Capitolio Estatal de California. “Acá hay protestas, se casan o discuten asuntos y peleas en la ciudad”, me dice Fernando cuando nos detenemos para que fotografíe el lugar.
El sol no es constante en Napa. Hay muchos días de mañanas nubladas y a partir del mediodía se limpia todo el cielo para dejar pasar la luz intensa. Fernando fue el conductor del paseo. Napa tiene dos rutas principales para visitar las bodegas: se puede llegar por la ruta Silverado o por la Santa Helena atravesando el valle. Fuimos por la Santa Helena hasta la calle Oakville, donde se encuentra la renombrada bodega Opus One.

Opus One
La bodega es un ícono en Napa por muchas razones: dos apellidos famosos, dos países y tradiciones diferentes (Estados Unidos y Francia), una misma cepa mayoritaria en el blend. En 1979 el enólogo de Château Mouton Rothschild, Lucien Sionneau, y el hijo de Robert Mondavi, Timothy, hicieron un vino llamado Napamedoc en la bodega Robert Mondavi. Al año siguiente, los socios anunciaron el proyecto en conjunto y así nació uno de los vinos más famosos de Estados Unidos. En el 82 diseñaron la etiqueta y eligieron el nombre del vino. El nombre denota el amor por la música, y el arte y el dibujo de la etiqueta muestra los perfiles de los dos visionarios: uno de ellos, Robert Mondavi, mira hacia atrás, hacia la tradición y el Viejo Mundo; el otro, el barón, mira hacia delante, hacia la innovación, el Nuevo Mundo.
Actualmente una de las partes fundadoras (Baron Philippe de Rothschild S.A.) continúa al frente de la bodega, mientras que la parte norteamericana pasó en 2004 a manos de Constellation Brands Inc., que compró el 50% de la Corporación Robert Mondavi. Durante el traspaso se estableció de común acuerdo que Opus One seguiría manteniendo pleno control en áreas claves, como el manejo de viñedos, las ventas locales e internacionales y la administración.
El responsable de elaborar el vino es Michael Silacci, quien empezó a trabajar en la bodega en el 2001. En cuanto a las uvas, la bodega tiene lugares únicos, entre ellos parte de To Kalon (“lo más hermoso,” en griego), uno de los viñedos más famosos de Oakville, en Napa. El suelo es de limo, arcilla y grava.
Cosechan a fines de septiembre, todo a mano, en las horas más frescas del día. Los viñedos de la entrada tienen dos orientaciones en las hileras, un dato importante ya que con esta variación se obtienen resultados diferentes en la maduración de los frutos. En el 2008 replantaron parte del viñedo y cambiaron la orientación norte-sur por este-oeste.
Las cosechas que probamos fueron dos: 2006 y 2007. Claramente, la 2006 mostró más balance y potencial de guarda. En nariz la fruta negra concentrada y el grafito ganaban sobre la vainilla y el tabaco. En boca la acidez se mostró marcada y los taninos firmes, con una persistencia larga, que dan como resultado un vino equilibrado y contundente, digno de ser abierto en 10 años.
Por su parte, la nariz del 2007 es muy agradable y compleja. A partir de esta añada, Michael trabaja con cofermentaciones de Petit Verdot y Cabernet Sauvignon. Esta variante dio tan buenos resultados que el 2008 tiene un porcentaje mayor de Petit Verdot en la cofermentación. Anoté en mi cuaderno: notas a cedro, tabaco, un leve mentolado, vainilla y fruta negra. Los taninos en boca son maduros y dulces. El vino es equilibrado, si bien se siente el alcohol cálido al final de la boca. El nivel de alcohol en los vinos de Napa puede llegar a un porcentaje alto, tanto como el que indica esta botella (14,7%) o más.
El vino es elegante e intenso y, al mismo tiempo, amable en boca.
Desde la ruta se pueden ver unas hileras de Malbec. Antes de irnos nos acercamos a las plantas y reconocemos la hoja, el racimo. “Está horrible”, le digo a Fernando y él asiente. Dice que por alguna razón el clon de este Malbec es débil, que no piensa que sea el mejor. A pesar de esto, el enólogo insiste en usarlo en el corte.
Luego del recorrido hay que volver unos metros sobre la ruta y no perderse la obligada parada de Napa: Oakville Grocery Co. En este lugar se venden los sándwiches más ricos de la región. Atrás hay unas mesitas y se puede ver la huerta orgánica de la que obtienen los productos. También es parada necesaria si uno quiere comprar souvenirs. Reparten gratis una revista-catálogo con todas las bodegas de Napa Valley y mapas.

Guía Nº 2

Matt Stamp es master sommelier y trabaja para la Guild of Masters Sommeliers, una institución sin fines de lucro que contribuye a la educación de futuros master sommeliers del mundo suministrándoles información, posibilidad de becas, etcétera. Matt trabajó en uno de los restaurantes con más prestigio de Yountville, Napa (The French Laundry), y fue elegido en el 2010 como Mejor Sommelier de Estados Unidos. Ser master sommelier en la costa oeste es sinónimo de ser un sommelier reconocido, con un puesto alto en una empresa. Matt es un nerd del vino, que trabaja para lo que más le gusta: investigar sobre vino y bebidas. Él fue quien me llevó a recorrer bodegas durante dos días, sábado y domingo.
El sábado me levanté temprano en San Francisco y tomé el ferry hasta Vallejo, una localidad muy cercana a Napa. Uno se aleja de la gran ciudad y empieza a aparecer algo que creía haber olvidado, algo que se llama sol. El ferry es grande y lento, pero en una hora y media se llega a destino. Cuando llegué a Vallejo, Matt estaba esperándome en su auto rojo. Antes de salir decidimos tomar un café en un lugar grande, pero bueno, nada de Starbucks o Dunkin Donuts.
Matt se inclina por las bebidas de calidad, y el café no es una excepción.

Stony Hill
Una de las primeras bodegas que visitamos fue Stony Hill, ubicada un poco lejos y a mayor altura respecto de la zona con mayor concentración de bodegas. Se encuentra en una ladera llamada Spring Mountain que mira al noreste, a 400 metros sobre el nivel del mar. Estas condiciones hacen que el lugar tenga un clima especialmente fresco, ideal para el buen desarrollo de uvas blancas como Chardonnay, Riesling y Gewürztraminer. De hecho, la bodega es famosa por sus Chardonnay minerales, de alta acidez y capaces de satisfacer a paladares acostumbrados a tomar vinos franceses de esta cepa.
Fred y Eleanor McCrea se enamoraron y compraron estas hectáreas en 1943. En el año 47, una vez que pudieron limpiar el terreno y adquirir un tractor, empezaron a plantar. Amantes de los vinos de Borgoña, tenían desde siempre la idea de sembrar Chardonnay. La Universidad de California los desalentó por ciertas características sensibles del Chardonnay y porque no se consumía tanto este vino, y les sugirió que plantaran otras variedades blancas. Sin embargo, los McCrea confiaron en su instinto y plantaron la mayoría de la propiedad con 10 hectáreas de Chardonnay, una porción de cuatro hectáreas de Riesling, una hectárea de Gewürztraminer y muy poquito de Semillón. No se equivocaron, ya que hoy en las cartas de vino más prestigiosas de Estados Unidos siempre hay un lugar para el Chardonnay de Stony Hill.
La ladera es empinada y angosta, rodeada de bosque frondoso. La casa de visitas es un “rancho” elegante pero sencillo, con una terraza de piedra que mira al bosque y a las poquitas hectáreas de Syrah. Nos atendió Willinda McCrea, esposa de Peter, ambos herederos y continuadores del trabajo de Fred y Eleanor, padres de Peter. Willinda es una señora mayor y elegante, que disfruta mucho de la bodega y de recibir visitas de todas partes del mundo. Nos sirvió un Napa Valley Chardonnay 2008 elegante, de acidez elevada y madera sutil, que a Matt Stamp le hizo suspirar: “Es un estilo Raveneau”, mientras Willinda sonreía satisfecha por la comparación (Raveneau es uno de los productores más interesantes de Chablis).
Quien está a cargo de los viñedos y de la enología desde 1971 es Mike Chelini. Su objetivo es hacer vinos para tomar con comida, vinos equilibrados en los que brille la fruta y se sienta la acidez. Es por eso que no hace maloláctica para los blancos y cuando los fermenta en barrica, como es el caso del Chardonnay, elige tostados neutros. Luego, para la crianza, utiliza barricas de 10 años o más.
El Stony Hill Gewürztraminer 2009 era muy perfumado, especiado, con acidez refrescante: “cosechamos con 21,5 Brix –me dice Willinda–, es un vino del que producimos pocas botellas, pero vendemos todo con anticipación”. El Riesling 2009, por su parte, es más complejo, con algo de caucho, levemente dulce y de acidez alta también.
Pero, sin duda, la estrella de esta bodega es el Chardonnay. Un vino diferente que se sale del molde de Napa Valley Chardonnay, y en el cual los dueños de la bodega se han mantenido fieles a un estilo que los identifica más con Chablis que con los vinos vecinos.

Mathiasson
Steve y Jill podrían ser una de tantas parejas de neo hippies que se van a vivir a El Bolsón, a hacer un proyecto de vida sana y orgánica. En cambio, son una pareja de neo hippies que compraron un terreno increíble en medio de Napa para hacer vinos fuera de camino, de esos que te “vuelan la mente”, para usar una expresión que tiene un equivalente casi literal en inglés (blow your mind).
El sábado fuimos a dos bodegas y a la noche comimos en Oenotri, un restaurante de pastas con una extensa carta de vinos italianos manejada por Sur Lucero. El primer vino que pedimos fue un Ribolla Gialla (elaborada como tinto) de Mathiasson 2008. El sommelier se lo ofreció a Matt porque el vino es tan escaso que ni bien se ve en una carta hay que aprovechar a comprarlo rápido. Me pareció impactante: en la vista algo velado y turbio, luego en la nariz mucha fruta, manzana roja, notas oxidativas a nuez rancia, orejones; en la boca, intenso, con buena acidez, taninos, volumen medio. En resumen, con mucha potencia para ser un blanco. Fue increíble haber probado ese vino justo en ese momento. Pensaba que era innecesario, ya que al otro día íbamos a ir a visitar la bodega, pero se tornó indispensable para entender un poco más su filosofía. Esa noche fue especial ya que también probamos una Ribolla de Edi Simĉ 2009 Rubikon de Eslovenia, donde varios productores hacen este estilo de vinos.
La llegada a Mathiasson fue rara. Estábamos en Napa buscando la bodega. El barrio era residencial, con casas a ambos lados de las calles, envueltas en la quietud de un domingo a la tarde. Dimos con una entrada en una calle sin salida, que supuestamente coincidía con la dirección. Entramos y Matt se bajó para ver si estábamos en el lugar indicado. Los encontramos terminando lo que sería un asado de pleno domingo: amigos dando vueltas por la casa y niños jugando por el jardín y en una pileta de goma.
Steve y Jill nos recibieron muy amablemente, y luego de dar una recorrida por el jardín fuimos al viñedo. En verdad todo (casa, jardín y viñedo) está junto.
Nada tiene límite ni alambrado. Es una continuación y una mezcla de frutales. Caminamos por las viñas mientras nos explicaban cómo habían encontrado ese lugar y cómo lo estaban reconstruyendo. Un viejo galpón, las remodelaciones de la casa, el viñedo, los frutales y alrededores, las abejas. Todo de manera sustentable y orgánica. Nos paramos a hablar del Cabernet Franc y Jill nos dijo: “tienen que probar esta zarzamora, pero tienen que mezclar en la boca los frutos más dulces con algunos más ácidos, así se mezclan los sabores y se puede saborear la complejidad de la fruta”. Nunca una fruta fina tuvo más sabor.
Steve trabaja hace años como consultor de viñedos para muchas bodegas importantes, entre ellas la famosa Stag’s Leap Wine Cellars. Cuida sus viñedos con sus propias manos, maneja el tractor de noche y trabaja con su gente los domingos. Jill trabaja en una institución sin fines de lucro que reúne a familias granjeras. Organiza grupos que enseñan programas para una agricultura sustentable y educa a los chacareros de la comunidad en temas tales como manejo de compost y cultivos heterogéneos. En el mercado orgánico de Napa, Jill enseña a cocinar desde el jardín a niños, y con la fruta de su casa elabora mermeladas y jaleas que vende en la zona. En ellos pude ver una filosofía de vida inclinada hacia lo orgánico, vital y sustentable. A veces uno escucha hablar a bodegueros de la biodinámica o la viticultura orgánica como “una filosofía de vida”, pero luego la devoción por la tecnología de última generación, la cantidad de viajes en avión, las casas lujosas o el afán por lo nuevo y lo costoso (que produce más emisiones de gas carbónico) me hacen dudar de la seriedad de estas afirmaciones.
Los vinos que probamos en la bodega fueron: un blend blanco 2010 de Sauvignon Blanc, Ribolla Gialla, Semillón y Sauvignonasse, un Chardonnay de Sonoma 2009 de un viñedo muy rocoso y un tinto blend de Cabernet Sauvignon, Merlot, Cabernet Franc, Petit Verdot y un poco de Malbec. Todos los vinos se mostraron con gran balance entre la acidez, el cuerpo y la presencia de madera sutil.
El viñedo que originalmente era de Merlot lo fueron reinjertando primero con Ribolla Gialla y Cabernet Franc, y ahora van por el Schioppettino, otra variedad del Friuli. Sin duda, Mathiasson es un productor para mirar de cerca y comprar cada vez que se vea una botella, ya que no abundan. Fin de viaje, hasta la próxima mirada.